Todo comienza un lunes, más específicamente el lunes 11 de enero de 2013. Llegas al operativo creyendo que vas a afinar los detalles del proyecto en turno con la colaboración de tus compañeros de equipo y ahí está la triste realidad: el salón casi vacío. No queda de otra sino esperar a mi “superequipo”.
Mientras me ocupo, un tanto aburrido, de bocetar algunos símbolos, llega por fin una amiga con la cual hablar e intercambiar ideas acerca del proyecto ya que ellas es una de los integrantes del equipo. Una vez que se instala mi compañera, revisamos en conjunto los avaneces que hemos hecho; descartamos ideas y desarrollamos otras, corregimos lo que debe ser corregido y comenzamos con lo que nos falta, en espera del último miembro del equipo.
¡Qué difícil es concretar un buen símbolo! Necesitamos generar más ideas, ideas frescas. Para nuestra suerte llega el último integrante del equipo, es un buen ilustrador. Debe ser creativo, pienso yo. Ahora que estamos los tres esto debe ser más fácil. Esa es la idea que cruza por mi cabeza cuando veo que el equipo está completo. Es curioso: mi compañero sí llegó con una nueva idea, solo que no era la idea que yo esperaba; aun así la idea es apoyada por el equipo. ¡Vamos a comprar tamales!
Y ahí vamos los tres, hablando de los temas más intrascendentes de los que se pueda hablar, hacia la entrada de la escuela a comprar unas tortas de tamal. Como siempre yo voy quejándome de todo y criticando a todos solo para hacer conversación, mis amigos dicen que soy un amargado y entonces me sugieren que “me consiga una mujer” que me robe todos esos ratos libres que desperdicio odiando al mundo.
¿Conseguirme una mujer?, pero si yo estoy a gusto así cómo estoy, ¿o no lo estoy? Ahora que la duda ha quedado sembrada, tal vez debería tomarla en cuenta.
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